Pocas decisiones de marketing generan tanta euforia interna como el anuncio de un nuevo embajador de marca. En los comités directivos, firmar a una figura pública suele decidirse más rápido que cambiar el mismo packaging. Esto no es casual: el embajador se presenta como una decisión de negocio, pero se toma como una decisión emocional.
Conviene empezar por lo obvio, porque la crítica fácil al endoso de celebridades suele venir de quien nunca ha tenido que mover una participación de mercado: el mecanismo funciona. Las personas procesan rostros y biografías con una facilidad que ninguna marca abstracta iguala. Hace más de tres décadas, el antropólogo Grant McCracken describió el proceso: las celebridades llegan cargadas de significados culturales (rebeldía, disciplina, lujo, pertenencia…) y el endoso no es más que un atajo emocional para trasladar esos significados hacia la marca y, desde allí, hacia el consumidor. Un embajador bien elegido no aporta alcance, aporta atributos que a una compañía le costaría años y mucho dinero fabricar por su cuenta.
Ese es el atractivo; también la trampa. Un atajo rinde donde rinden los atajos: en el corto plazo. Las celebridades superan a los personajes creados y controlados por la marca en activación inmediata, mientras que esos personajes propios ganan la carrera larga. El embajador es una herramienta de corto plazo que solemos aprobar con la solemnidad de una decisión de largo plazo.
Un embajador no es un KOL con mejor contrato. El embajador tiene narrativa propia, movimientos de carrera propios, ciclo reputacional propio y otros contratos con terceros. Pero acá viene algo que muchos CMOs y comités directivos olvidan: después de tres años de alianza entre la marca y el embajador, cualquier hecho de la vida de esa persona (dentro o fuera del contrato) es un hecho de marca y la impacta de manera directa.
De ahí se desprende el primer error, que es de taxonomía y contamina todo lo demás. Un creador de contenido produce formatos, un influencer moviliza audiencias propias, un KOL aporta autoridad técnica en una categoría, un vocero representa a la compañía con mensajes controlados... pero el embajador hace algo distinto: encarna simbólicamente el relato de la marca, no solo la amplifica. Los cinco pueden convivir en un ecosistema de comunicación, lo que no pueden compartir, son los objetivos ni las métricas: al creador se le pide resonancia y conversión; al KOL, credibilidad técnica; al vocero, precisión reputacional; al embajador, asociación de marca sostenida.
David Aaker lleva décadas insistiendo en que la identidad es un sistema propio (qué representa la marca, qué promete, qué no hará jamás) y ese sistema no se contrata por fuera. El embajador puede ser un amplificador de significado; nunca la fuente única de significado.
Llegamos al momento donde debemos hablar del mayor riesgo para nosotros como CMOs al manejar embajadores de marca: el efecto vampiro. Y este efecto no es una metáfora, es un fenómeno medido. En 2015, Carsten Erfgen, Sebastian Zenker y Henrik Sattler publicaron en el International Journal of Research in Marketing experimentos con casi cinco mil participantes: compararon el recuerdo de marca de una pieza protagonizada por una celebridad frente a la misma pieza con una persona desconocida, pero igual de atractiva. La audiencia recuerda al personaje y no a la compañía, el mensaje pierde propiedad al punto que podría ser de cualquier competidor con el presupuesto suficiente; la conversación gira alrededor de la persona y cualquier controversia o vencimiento de contrato pone en riesgo un patrimonio que la empresa creía suyo.
Como CMO, la mejor manera de abordar un posicionamiento de marca con embajadores es no delegarles su identidad de marca y su responsabilidad a estas celebridades, por el contrario, es reafirmar la voz de su marca en cada uno de ellos, esta es la única manera de evitar el efecto vampiro.
Hay una prueba de fuego que debe realizar como CMO siempre que vaya a lanzar una nueva campaña con embajadores de marca: si usted retira al personaje de la pieza y la marca sigue siendo reconocible por sus propios códigos, el embajador está amplificando. Si no queda nada, mi querido lector, usted está construyendo la marca de otro con su presupuesto.
De ahí se desprende lo que un comité directivo debería exigir antes de firmar y revisar cada trimestre después: coherencia real entre los valores de la persona y el propósito corporativo, no afinidad de audiencias; un umbral definido de asociación marca-embajador, medido con recuerdo de marca y atribución, no con vistas; reglas explícitas sobre dónde sí y dónde no aparece (categorías, campañas, canales y momentos comerciales); frecuencia controlada, porque la escasez también construye significado; cláusulas de conducta, salida y transición redactadas cuando la relación va bien, no cuando ya se dañó; protocolos reputacionales activados desde el día uno; métricas de brand lift, consideración y favorabilidad que se lean contra la marca y no contra la persona y, sobre todo, un plan estratégico y anticipado para que la marca siga viviendo cuando el embajador ya no esté.
Determinar cuándo un embajador aporta valor y cuándo empieza a canibalizar la identidad, exige criterio, sensibilidad y comprensión del negocio. Esa decisión no puede depender de la popularidad del personaje ni de la comodidad de una fórmula conocida. Es una responsabilidad indelegable del CMO, incluso cuando implica renunciar a la cara más famosa del momento.
Los embajadores pasan, las tendencias cambian, los contratos terminan… la marca es lo único que debe permanecer, porque la reputación no se alquila, no se presta y tampoco se delega; se construye y se custodia desde adentro.
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